Madame
Koke
I
Madame Koke entra al bar. Es gorda y
su pollera marrón cae recta sin movimiento. Usa andador de metal cachado.
Avanza pegada al mostrador. Las rueditas del andador viborean en los cerámicos
brillantes. Los cerámicos no reflejan a Madame Koke. De repente, se detiene
frente a las dos hileras de mesas (mesas chicas, dos sillas, dos vasos, una
botella y nada más). Levanta la vista de su andador y empieza a señalar a cada
uno de los parroquianos (su dedo índice es más corto de lo normal y gordo, con
una uña que se pierde entre la carne de unos padrinos despellejados). Madame
Koke va señalando uno por uno a los clientes. Los señala y va diciendo sus
nombres, un secreto y una suerte de maldición, murmurada, apenas audible.
Infidelidades, culpas, vergüenzas van saliendo a la luz de las bombillas
grasientas del bar. Algunos lloran, otros se enfurecen, parejas se separan sin
más palabras que las dichas por Madame Koke. Unos pocos huyen sin poder evitar
el develamiento de aquello olvidado, de lo que se hace a oscuras, en el
encierro, en la mirada ensimismada y culposa. Su dedo señala y los colgajos del
antebrazo se bambolean marcando el ritmo implacable de lo revelado. Su discurso
sibilante de pitonisa malnacida parece terminar mientras veo caer una pequeña
cáscara de pintura seca de su andador (roja por dentro, plateada por fuera).
Gira y, finalmente, me señala. Se sonríe. Dice: “...y vos sos el peor porque me
vas a escribir, robás historias ajenas, las enredás, las manipulás, las
encaprichás con complejo de emperador del mundo, un mundo chiquito de vidas
ajenas el que te hacés, ladrón, las hacés pasar por tuyas, ladrón, por eso no
voy a decir tu nombre para que no aparezca escrito. Yo no te voy a dar ese
gusto, escritor, y esa va a ser tu maldición”
II
Viajábamos en la 513, sentados en la
hilera del fondo, hablando poco, mirando mucho. Éramos dos amigos de la
secundaria, compartiendo viajes todos los días: del barrio al centro, del
centro al barrio. Teníamos mucho por aprender y ganas de hacerlo. Mirábamos e
imaginábamos. Un jueves de invierno con el sol ya oculto, yendo para el barrio,
Madame Koke subió en una parada que nunca puedo recordar. Todavía nos quedaban
varios minutos de viaje. La vimos pararse al principio del pasillo, sin saludar
al chofer, sin pagar boleto. Piernas separadas, puños cerrados, una bolsa
tejida colgando casi hasta rozar el piso. Todo el colectivo se calló. Avanzó
directo hacia nosotros. Barriga bamboleante dividida por el elástico demasiado
alto de una pollera marrón caca. Mi amigo decía que estaba en pantuflas. Yo no
me acuerdo, la verdad. Un señor amagó a pararse. Madame Koke alzó la mano
(callosa de un lado, venosa del otro) y lo detuvo apenas mirándolo. Avergonzado
volvió a su lugar, casi tropezando con
los gestos torpes del recular con las rodillas flexionadas. Madame Koke
siguió avanzando cabeza gacha, paso firme. Ya no reíamos. A pocos centímetros
se paró frente a nosotros, enorme en su obesidad, increíblemente firme en el
ajetreo de las calles poceadas que el colectivo atravesaba sin miramientos.
Levantó la vista (ojos verdes, de novia de barrio en foto gris) y dijo
entonces: “Uno de ustedes va a vivir mucho, muchísimos años, pero nunca será
amado. El otro va a ser amado por muchos: familia, amigos, mujeres, pero va a morir
joven. No sé cuál es la bendición y cuál la maldición” Luego el colectivo frenó
a mitad de cuadra y Madame Koke bajó. Nunca la volvimos a ver.
Han pasado quince años de aquel
viaje. Me he casado joven después de varias novias y convivencias, tengo tres
hijos, varios amigos que me visitan a diario, los sábados nos juntamos a cenar
en casa y la mesa se llena de bromas, conversaciones, fotos y recuerdos
compartidos. Hasta ahora he disfrutado mi vida.
Ayer por la mañana murió mi amigo de
la secundaria. Tenía 28 años.
III
Madame Koke tiene un perro al que
odia. Es blanco, peludo y pequeño. Todas las mañanas, Madame Koke se despierta
con los ladridos de su pichicho. Ladra hasta el mediodía, sin parar, con
alaridos agudos, repetidos, continuos. Por la tarde, Madame Koke llena la
bañera y ahoga lentamente a su perro. El pequeño cuerpo del animal se revela
raquítico entre sus rulos empapados. Es una muerte lenta y perfumada (Madame
Koke suele perfumar el agua de su tina con coloridas sales de baño importadas).
Finalmente, el pichicho muere entre gorgoteos y pataleos.
Por la noche, Madame Koke revive a
su perro. Así todos los días de la semana, feriados inclusive.
Pichicho ya no soporta este eterno
retorno y fantasea con morir como un perro.
Madame Koke lo sabe y por eso mañana
a la tarde volverá a matarlo, nuevamente, para revivirlo de noche, otra vez.
IV
Madame Koke ama de igual manera a
chicos y a animales.
Por eso, cuando los chicos insisten
en jugar a la pelota en la vereda, discretamente los hace entrar a su casa. Los
golpea también con certera discresión y los arrastra a través del camino de
piedras del frente de la casa. Raramente, los seduce con la promesa de
imposibles dulces multicolores. Esas son mariconadas literarias, piensa Madame
Koke, mientras hunde de a dos las cabezas de los niños en el agua de la bañera.
Allí se ahogan entre gorgoteos y pataleos no muy distintos a los del perrito.
Al atardecer renacen y vuelven a sus casas.
Los padres apenas notan la
diferencia. Inclusive se alegran que sus hijos mejoren en la escuela, ya no
respondan mal (en realidad, la mayoría reduce su vocabulario a las palabras
justas y necesarias) y colaboran en las tareas del hogar. Son niños muertos
revividos ejemplares, el sueño de toda madre y padre barrial. Eso sí, no pueden
dejar de asustarse cada vez que sorprenden a su hijo modelo parado al pie de la
cama en el medio de la madrugada, los ojos abiertos y el dedo acusador
señalándolos.
V
Madame Koke no cree en la seducción
de las curvas infartantes, en las voces rasposas y sensuales, en la sexualidad
latente de cada gesto diabólico. Prefiere la efectividad del hechizo, aquel que
borra la fealdad con deseo, la vejez con fantasías perversas y el rechazo con
una pasión que no entiende de lugar, palabras o prohibiciones. Madame Koke en
su sabiduría ancestral conoce muchos de esos hechizos. Nosotros en la
ignorancia prosaica de la vida humana lo llamamos amor. Los necios, escudados
en una pose intelectual, hablan de química, psicología o rutina.
Madame Koke hechiza con su mirada y
capricho. En las tardes de verano, cuando el sol arrasa el asfalto y el barrio
se hunde en la sensualidad pachorrienta de la siesta, Madame Koke sale a la
vereda a buscar hombres incautos y afiebrados.
Sus ojos rodean al hombre en
cuclillas que afanosamente enjabona las llantas de su auto. Este siente el
calor en su espalda que las salpicaduras de agua no logran calmar. Se para,
primero. Y luego se levanta ante la demanda del cuerpo. Se lo puede ver
desesperado girar, buscando la fuente de ese calor que compite y supera a la
canícula bahiense de enero. Y allá la ve, en la puerta de la casa, enmarcada en
las hojas de un muérdago amarillento, pollera marrón caca, elástico tapado por
unos pechos desmedidos, brazos en jarra sobre unas caderas macizas. Madame Koke
hechiza y espera.
El hombre avanza ardiente. En su
atropellada carrera a través del asfalto hirviente, se arranca en forma bestial
los pantalones de fútbol. Sobre las marcas dilatas de brea de la calle quedan
los restos del pantalón despedazado: un cinco de color blanco y un escudito
bordado de Olimpo. La pasión del cuerpo no entiende de fútbol. El hombre corre
ahora desesperado y desnudo. Erecto se atropella y cae arrodillado a los pies
de Madame Koke. Sus manos se elevan suplicantes frente al erotismo lujorioso
con que cubre sus ojos al cuerpo de Madame Koke. Y en un movimiento desmesurado
abre la boca desencajada, babeante que inútilmente trata de abarcar la enorme
teta derecha de Madame Koke. Impertérrita, Madame Koke baja la vista y observa
al hombre abierto, jadeante, desnudo, excitado y le dice:
-
Chupala.
Invitación porno que el hombre
acepta, palabra mágica que rompe el hechizo y habilita la aparición de la
familia del hombre, recién llegada de visitar a la abuelita enferma, que manda
saludos y abrazos para el Ricardito, su sobrino preferido que no la pudo ir a
visitar otra vez.
Madame Koke se retira. Ricardo
desnudo se descubre arrodillado adorando un culo enormemente feo que se retira
frente a su familia que llora confundida y avergonzada. Antes de cerrar la
puerta, Madame Koke escupe. El gargajo tiene forma de corazón roto.
Emiliano Vuela
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