Mi hermana, mi papá, mis vecinos

No creo en la suerte. El destino
-alguien lo dijo- se entreteje
irreversible y de hierro. Lo que no se ve,
lo que no sabemos que exista,
pesa sobre nosotros y nos define.
Todo nos marca. Mi hermana murió cuatro días 
antes de mi nacimiento -eso fue en Bariloche-. 
Por fotos la conozco. Nunca me expliqué 
su muerte aunque varias veces me contaron 
su historia. Hacía frío. Ella estaba como resfriada 
y se ahogó con sus propios mocos. Papá 
la estaba cuidando. Al verla agitarse la tomó 
entre sus brazos y sin saber qué hacer corrió 
hacia el hospital. Al llegar estaba muerta. 
Por mucho tiempo mis papás
lloraron su muerte –era la primer hija-. Papá 
se culpaba. Tiempo después aprendió 
el simple ejercicio que desahoga los pulmones 
y se entristeció más. Ella no alcanzó a cumplir el año. 
Al nacer yo, ella era nadie pero su fantasma
me hizo sombra. La beba de las imágenes
siempre fue la más hermosa. 
Se llamaba Solange de las Nieves, y el blanco
que encendió su rostro 
luego cubrió su tumba. Más de una vez la imaginé a mi lado,
fuerte, cálida. Mucho después, ahora en Bahía, 
teníamos vecinos con los que -vaya a saber uno por qué- 
estábamos peleados: insultos tontos 
porque nosotros -que éramos chicos-
jugábamos cerca de su vereda o se nos perdía la pelota 
en su patio. No nos hablábamos. Así, una noche 
la vecina llegó asustada. En sus brazos tenía 
al más pequeño de sus hijos que con la cara violeta
se esforzaba en respirar. Pedía ayuda. Rápido mi papá 
tomó el auto y subiéndolos corrió al hospital. 
Lo acompañé. En el viaje él iba dando instrucciones 
de eso que se llama primeros auxilios. De pronto el niño
vomitó una flema espesa y verde, y comenzó a respirar. 
Los dejamos en el hospital. Nuestra vecindad 
no mejoró por esto. Las pelotas que caen en su patio 
siguieron perdiéndose, y la vecina aún se queja 
por los ladridos del perro, 
porque pisamos su vereda, 
o porque la miramos mal. 

Gerónimo Unibaso

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